Alfabetización en IA y AI Act: qué deben saber los arquitectos e interioristas
29 octubre, 2026
Una memoria, un informe o una propuesta escritos con ayuda de IA casi nunca tienen que etiquetarse por el AI Act. Pero eso no los libera de nada: quien los firma responde de su contenido, lo que se sube a la herramienta puede romper la confidencialidad y algunos clientes y concursos piden declararlo. La clave es la alfabetización en IA: revisar con método y poder demostrar cómo se ha usado.
Autor: Francisco Palomo, responsable de IA aplicada a arquitectura e interiorismo en The Factory School.
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Un estudio de seis personas entrega la memoria de un proyecto de reforma. La ha redactado una de las socias con ayuda de un chat de IA: le dio el programa, las notas de las visitas y el pliego del cliente, y en una tarde tenía un borrador muy bien escrito. Una semana después, el cliente llama con dos preguntas: «¿Esta memoria la ha escrito una IA? Y este artículo del Código Técnico que citáis, ¿dónde está?»
La escena es ficticia, pero reúne casi todo lo que hay que saber sobre los documentos que se hacen con IA. La mayoría de los estudios ya escribe con IA memorias, informes, propuestas o resúmenes de normativa, y muy pocos tienen claro qué exige la ley, qué no y qué conviene hacer igualmente.
Este artículo resume el bloque de alfabetización en IA del Curso de Inteligencia Artificial para Arquitectura de The Factory School, aplicado a los documentos del estudio. Es un contenido divulgativo, no asesoramiento jurídico. Datos revisados en octubre de 2026.
Qué es la alfabetización en IA y por qué la piden ahora las empresas
Alfabetización en IA no significa saber programar ni dominar todas las herramientas. Significa entender lo suficiente cómo funcionan para saber cuándo fiarse de un resultado, qué información se les puede dar y cómo comunicar que se han usado.
El término aparece en el propio Reglamento (UE) 2024/1689, conocido como AI Act. Su artículo 4 pide a las organizaciones que usan IA en su trabajo que adopten medidas para que su personal entienda la IA que utiliza. Es una de las primeras obligaciones que se aplicaron, en febrero de 2025.
Por eso las empresas que financian la formación de sus equipos han empezado a preguntar por este contenido. No buscan un curso más de herramientas, sino algo que puedan acreditar ante un cliente o una auditoría interna.
Para un estudio, además, hay una razón más práctica que la ley. Las herramientas cambian cada pocos meses; el criterio para usarlas, no. Saber revisar un texto generado, proteger los datos de un cliente o documentar cómo se ha hecho un informe sirve igual con el modelo de hoy que con el del año que viene. Es la misma idea que recorre el artículo Cómo usar IA en Arquitectura: guía completa.

La IA predice, no verifica: la memoria que cita un artículo que no existe
Un modelo de lenguaje genera la continuación más probable de un texto. No comprueba si lo que escribe es verdad. Por eso puede redactar un párrafo impecable que cita un apartado del Código Técnico inexistente, o que da una superficie útil que no cuadra con el cuadro de superficies del propio proyecto. Suena igual de seguro cuando acierta que cuando se equivoca.
En los documentos de un estudio, los errores típicos son tres:
- Normativa o referencias inventadas: artículos que no existen, tablas mal citadas o versiones derogadas.
- Cifras que no cuadran: superficies, cotas, presupuestos o plazos que no coinciden con los planos ni con otros documentos del proyecto.
- Afirmaciones que comprometen: prestaciones, calidades o plazos que el estudio nunca ha decidido, pero que quedan escritas y firmadas.
Fuera del sector ya hay casos con consecuencias. En febrero de 2026, el TSJ de Canarias multó con 420 € a un abogado que presentó un recurso con 48 sentencias inexistentes generadas con IA. En marzo, el TSJ de Navarra archivó un caso similar porque la abogada reconoció y corrigió el error a tiempo.
Pero nada de esto es una razón para dejar de escribir con IA. Los casos tienen algo en común: el problema no fue usar la herramienta, sino entregar sin revisar. Y cuando el error se detecta y se corrige pronto, con transparencia, el asunto se resuelve sin más. Lo que marca la diferencia es revisar antes de entregar.
La responsabilidad no se traslada a la herramienta. En España, el artículo 17.5 de la Ley de Ordenación de la Edificación establece que el proyectista responde directamente de los cálculos o informes que encarga a otros profesionales. Si se responde de lo que escribe otra persona, con más razón de lo que genera una máquina. El Consejo de Arquitectos de Europa lo resumió en 2026: la responsabilidad profesional no se puede delegar en una herramienta.
El método consiste en ajustar la revisión al destino del documento. Un borrador para uno mismo admite errores; un documento interno ya puede contagiar decisiones; y lo que se entrega al cliente, a la administración o a un concurso, sobre todo si se firma, necesita una revisión completa:
- ¿Las cifras están comprobadas contra los planos y el resto del proyecto?
- ¿Las citas y referencias existen?
- ¿La normativa lleva su fuente exacta: documento, artículo y versión vigente?
- ¿Hay alguna afirmación que comprometa al estudio y que nadie ha decidido?
Regla práctica para la normativa: la IA puede decirte dónde buscar, pero la fuente es siempre el documento oficial. Y cuando la decisión afecta a la seguridad de las personas, como estructura, evacuación o incendios, la IA nunca es la fuente.
Qué dice el AI Act y dónde cae el trabajo de un estudio
El Reglamento europeo de IA se aplica directamente en toda la Unión Europea, sin necesidad de una ley nacional. Su idea central es sencilla: regula el uso, no la herramienta. El mismo chat puede redactar la memoria de una reforma, un uso de riesgo mínimo, o puntuar a candidatos en un proceso de selección, que es de alto riesgo.
Por eso clasifica los usos en cuatro niveles:
| Nivel | Qué incluye | En un estudio de arquitectura o interiorismo |
|---|---|---|
| Prohibido | Manipulación subliminal, puntuación social, reconocimiento de emociones en el trabajo, entre otros | Casi nada aplica, salvo medir el estado de ánimo del equipo con una cámara |
| Alto riesgo | Selección de personal, educación, crédito, servicios básicos | Filtrar currículos con una herramienta de IA |
| Transparencia | Chatbots, contenido que puede pasar por real y textos publicados sobre asuntos de interés público | Un asistente en la web, un home staging virtual, un artículo divulgativo publicado sin revisión |
| Riesgo mínimo | El resto, sin obligaciones específicas | Memorias, informes, propuestas, actas, resúmenes de normativa, imágenes de proyecto, presentaciones. |
Casi todo lo que un estudio escribe con IA cae en riesgo mínimo. Eso no significa que dé igual cómo se haga: significa que las obligaciones vienen sobre todo de otro sitio, como se verá más abajo.
La ley distingue además dos papeles:
- El proveedor es quien desarrolla el sistema o lo vende con su nombre, como OpenAI, Google o Anthropic, y carga con la mayoría de las obligaciones.
- El responsable del despliegue es quien lo usa bajo su autoridad en una actividad profesional: el estudio que redacta sus memorias con ChatGPT o el arquitecto autónomo que prepara informes con Claude.
Quien usa la IA de forma personal, fuera del trabajo, no es responsable del despliegue. La ley no obliga a los particulares, sino a quien la usa profesionalmente.
Artículo 4: qué obliga y qué no
El artículo 4 es el que más preguntas genera, y en 2026 cambió. El texto original de 2024 pedía garantizar un nivel suficiente de alfabetización. Tras la reforma del llamado Ómnibus digital sobre IA, en vigor desde el 27 de julio de 2026, pide adoptar medidas para apoyar la alfabetización del personal, teniendo en cuenta sus conocimientos, su experiencia y el contexto en que usa la IA. El nuevo texto aclara que no exige garantizar un nivel concreto a ninguna persona.
Según las preguntas frecuentes publicadas por la Comisión Europea, esto se traduce en cuatro ideas:
- No hace falta un certificado oficial, ni un examen, ni un nivel mínimo por persona.
- Basta con registros internos de la formación y de otras iniciativas.
- La formación debe ajustarse al rol y al riesgo. Entregar las instrucciones de uso de la herramienta no es suficiente.
- Incluye a los colaboradores externos que usan los sistemas por cuenta de la empresa.
Para el estudio del ejemplo, eso significa que quien redacta memorias con IA debería saber, al menos, cómo falla un modelo de lenguaje, qué datos no debe subir y cómo revisar un texto antes de firmarlo.
También conviene desmontar dos ideas que circulan. La primera: «el AI Act está aplazado». Solo se ha retrasado el alto riesgo, hasta diciembre de 2027 en el caso de empleo o educación. La alfabetización, las prohibiciones y las obligaciones de transparencia ya se aplican. La segunda: «te pueden multar con 35 millones por usar ChatGPT sin formación». Esa cifra corresponde a las prácticas prohibidas; el artículo 4 no tiene una sanción propia.
En España, la supervisión corresponde a la AESIA, la Agencia Española de Supervisión de la Inteligencia Artificial, junto con la AEPD y otros organismos según el ámbito.
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Lo que entra y lo que sale: pliegos, contratos y autoría de un texto
Para escribir la memoria, la socia del ejemplo subió el pliego del cliente y sus notas de visita, con nombres, dirección y referencia catastral. Es lo habitual, y es justo donde está el riesgo. Antes de subir un documento a una IA, la pregunta útil es: ¿se lo mandarías por correo a una empresa externa? Si la respuesta es no, tampoco a una IA sin garantías.
Tres ideas ayudan a decidir:
- El tipo de cuenta importa. En los planes de empresa, el proveedor trata los datos por cuenta del estudio, con contrato y sin usarlos para entrenar. En las cuentas personales, normalmente puede usarlos para sus propios fines.
- Desactivar el entrenamiento no es lo mismo que privado. Los datos siguen pasando por los servidores del proveedor y se guardan un tiempo. Para lo confidencial, plan de empresa, trabajo en local o no subirlo.
- Anonimizar antes de subir. En un texto basta con sustituir nombres y direcciones por «el cliente», «la promotora» o «la parcela», y quitar referencias catastrales, sellos y firmas. Para redactar una memoria, la IA no necesita saber quién vive en la vivienda ni dónde está.
La confidencialidad no depende solo del RGPD. Un acuerdo de confidencialidad, unas bases de concurso con anonimato o un contrato que prohíbe ceder información a terceros pueden incumplirse al subir un documento a una IA en la nube, aunque no contenga ningún dato personal.
En cuanto a lo que sale, conviene separar lo que dice el contrato de la herramienta de lo que protege la ley. Varias plataformas ceden al usuario la titularidad de lo generado en la medida en que la ley lo permita, pero en la Unión Europea una obra protegida necesita un autor humano y originalidad, y un prompt por sí solo difícilmente basta. Lo que se puede proteger de una memoria es la aportación del profesional: el planteamiento, la selección de argumentos, la redacción final y su encaje en el proyecto.
Tampoco vale usar la IA para rehacer el texto de otro. Inspirarse en cómo está planteada una memoria premiada es libre; reproducir sus párrafos, aunque sea retocándolos, no. Y si el documento va a un concurso, hay que leer las bases: algunas limitan el uso de IA y, si no dicen nada, lo prudente es preguntar o declararlo.
¿Cuándo hay que declarar que se ha utilizado IA?
Utilizar inteligencia artificial para redactar un documento no significa que exista la obligación de comunicarlo. El AI Act establece en qué situaciones debe informarse del uso de IA y cuándo no es necesario hacerlo. La diferencia está, principalmente, en el tipo de contenido y en cómo se utiliza.
Según el artículo 50.4, aplicable desde el 2 de agosto de 2026, la obligación de informar se centra en los textos generados con IA que se publican para informar al público sobre asuntos de interés público. Por tanto, una memoria entregada a un cliente, un informe para un expediente o un acta interna quedan, en principio, fuera de esta obligación.
Incluso cuando un texto sí se publica, por ejemplo un artículo divulgativo en la web del estudio sobre la nueva ordenanza de su ciudad, la obligación desaparece si se cumplen dos condiciones. Según las directrices definitivas de la Comisión, de julio de 2026:
- Una revisión humana de verdad, hecha por alguien con criterio sobre el tema. Un vistazo rápido o una corrección de erratas no cuentan.
- Un responsable identificable que firma el contenido y puede aprobarlo, cambiarlo o rechazarlo.
Si después de esa revisión se vuelve a pasar el texto por la IA y cambia de forma relevante, la excepción se pierde. Dicho de otro modo: un texto revisado a fondo y firmado no hay que etiquetarlo por ley.

Las imágenes siguen otra regla. Una imagen realista que puede pasar por auténtica, como un piso amueblado con IA en un anuncio, sí puede requerir un aviso visible. En este caso, conviene conocer cuándo es obligatorio etiquetar un render hecho con IA y cómo afecta la normativa a las imágenes de arquitectura. Y si el cliente habla con un asistente de IA en la web o en WhatsApp, tiene que saberlo desde el primer mensaje.
Que la ley no obligue no significa que convenga callarlo. Hay otras razones para decirlo, y suelen pesar más:
- El cliente. Lo más sencillo es hablarlo al principio, con una cláusula breve en la propuesta de honorarios: el estudio podrá usar IA como apoyo, todo lo entregado lo revisa el equipo, que mantiene la responsabilidad, y no se suben datos confidenciales sin garantías.
- Los concursos y la administración. Algunas bases limitan la IA o piden declararla. Si no dicen nada, preguntar o declararlo evita problemas.
- La confianza. Explicar cómo se ha hecho un documento antes de que alguien lo pregunte genera más confianza que tener que aclararlo después.
El criterio práctico: cuanto más se apoye el destinatario en el documento para tomar decisiones, más sentido tiene decir cómo se ha hecho. Puede bastar una nota final como «Documento redactado con apoyo de herramientas de IA y revisado por el equipo redactor».
Volviendo a la llamada del cliente, la respuesta honesta sería esta: sí, la memoria se redactó con ayuda de una IA, como recoge la propuesta; la cita del Código Técnico era un error que el estudio ya ha corregido; y el documento lo revisa y lo firma una persona del equipo.
Cómo demostrarlo: cuatro documentos y una ficha de origen
Usar bien la IA no basta: hay que poder decirlo y poder demostrarlo. Sin certificado, pero con registro. Para un estudio pequeño, cuatro documentos cubren lo esencial:
- Inventario de herramientas. Qué se usa, para qué, con qué cuenta o plan, si entrena con los datos y si está autorizada. No se puede gestionar lo que no se sabe que se usa.
- Registro de uso. No hace falta anotar cada consulta, solo lo que sale del estudio: quién, en qué proyecto, con qué herramienta, qué datos se usaron y quién lo revisó.
- Política de uso de IA de una página. Herramientas autorizadas, usos permitidos y no permitidos, qué datos pueden subirse, cómo se revisa y cuándo se declara. Leída y firmada por todo el equipo.
- Registro de formación. Quién se ha formado, en qué contenidos, cuántas horas y cuándo. Es lo que se contesta al cliente que pide acreditar la formación en IA del equipo.

Para los documentos importantes, como una memoria de proyecto o un informe que se firma, conviene además una ficha de origen breve, guardada en la carpeta del proyecto:
| Campo | Ejemplo en la memoria del caso |
|---|---|
| Herramienta y plan | Chat de IA, plan de empresa del estudio |
| Datos de partida | Programa, notas de visita y pliego, anonimizados |
| Proceso | Borrador por apartados a partir de un guion propio |
| Fuentes comprobadas | Código Técnico y ordenanza municipal, versión vigente, citas revisadas una a una |
| Revisión | Arquitecta responsable, fecha y versión entregada |
En el caso del ejemplo, la ficha habría mostrado que nadie comprobó la cita del Código Técnico. Con ella, el error se habría detectado antes de entregar, o al menos se habría explicado en un minuto.
Si te preguntan dentro de un año cómo se hizo un documento, la respuesta tiene que estar en esa carpeta. Estos registros se revisan cuando entra una herramienta nueva, cuando alguien cambia de funciones o cuando cambia la norma, y como mínimo una vez al año. La alfabetización en IA no es un curso que se hace una vez: es una costumbre que se actualiza.
Para las empresas que quieren formar a sus equipos de forma adaptada a su rol, The Factory School ofrece formación para empresas. Y para profesionales y estudiantes, el Curso Online IA para Arquitectura y el Curso IA para Interiorismo dedican un bloque completo a la alfabetización en IA, con plantillas de inventario, registro y política listas para usar. Si quieres ver cómo se construye un asistente que redacta memorias con método, el artículo Agentes de IA para arquitectura: de la pregunta a delegar es un buen punto de partida.
La IA va a seguir cambiando. El criterio no caduca. Escribir con IA, revisar con método y poder demostrarlo es lo que distingue un documento profesional de uno improvisado.
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Fuentes principales
- Reglamento (UE) 2026/1744, Ómnibus digital sobre IA (DOUE, 24/07/2026)
- Comisión Europea: preguntas frecuentes sobre la alfabetización en IA (resumen de Covington)
- Comisión Europea: obligaciones de transparencia del artículo 50
- Ley 38/1999 de Ordenación de la Edificación, artículo 17 (BOE)
- AEPD: uso de imágenes de terceros en sistemas de IA
- TSJ de Canarias, multa por 48 citas inventadas (Diario de Avisos)
- TSJ de Navarra (CGPJ)
- ACE: AI in Architecture, buenas prácticas en Europa
- Euronews: housefishing y AI Act
- ECIJA: la alfabetización en IA tras el Ómnibus digital
Preguntas Frecuentes
Preguntas frecuentes sobre documentos con IA y AI Act
El artículo 4 del AI Act obliga a las organizaciones que utilizan inteligencia artificial profesionalmente a adoptar medidas para que su equipo comprenda las herramientas que utiliza. La formación debe adaptarse a las funciones, conocimientos y riesgos asociados a cada uso.
No. El AI Act no exige un certificado oficial, un examen ni una titulación específica. Las empresas pueden documentar las medidas adoptadas mediante registros internos de formación y otras iniciativas de alfabetización en IA.
Sí. Los profesionales autónomos que utilizan IA en su actividad están sujetos a las obligaciones aplicables del AI Act. Estas dependen del uso, desde la alfabetización en IA hasta determinadas obligaciones de transparencia, como identificar imágenes generadas artificialmente cuando corresponda.
El AI Act no exige, por regla general, etiquetar una memoria entregada a un cliente. El artículo 50.4 regula determinados textos publicados sobre asuntos de interés público. No obstante, los contratos o concursos pueden exigir declarar el uso de IA, y el profesional que firma mantiene la responsabilidad sobre los posibles errores.
Depende de las garantías de privacidad, las condiciones del servicio y los acuerdos de confidencialidad. Antes de compartir documentos, es necesario comprobar cómo se tratan los datos, limitar la información facilitada y anonimizarla cuando sea posible. Un plan empresarial no elimina automáticamente las obligaciones de protección de datos.
The Factory School incluye un bloque de alfabetización en IA en el Programa Profesional de IA para Arquitectura y en el Programa Profesional de IA para Interiorismo, con recursos y plantillas para documentar el uso responsable de IA en un estudio.